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- LOS INICIOS (45)
- 25. Marzo 2012: El imperio de la cola. NO.
- 13. Marzo 2012: Correr por correr
- 17. Diciembre 2011: Entrenamientos para el maratón semana 14.
- 24. Octubre 2011: Entrenamientos para el maratón semana 13: Escucha tu cuerpo.
- 27. Julio 2011: El maraton segun liza. La voz de la experiencia.
- 18. Julio 2011: Entrenamientos para el maraton mas semana 12, en manos de los mejores.
- 9. Junio 2011: Entrenamientos para el maraton semana 12. Seguir a pesar de las dificultades.
- 18. Mayo 2011: Entrenamientos para el maratón semana 11, demasiado rápido para llegar lejos:
- 2. Mayo 2011: Entrenamientos para el marathon: Javier.
- 11. Abril 2011: Entrenamientos para el maraton semana 10: de la mano de los mejores
Archivo para Marzo 2010
N.Y. día 3, lineas paralelas:
30. Marzo 2010 por Josep Juis.
Dice la matemática, ciencia inexacta donde las haya, que la linea recta es la distancia más corta entre dos puntos, y que dos lineas paralelas terminarán a buen seguro encontrándose en el infinito, y precisamente alli, en el infinito, es donde tenían su punto de reunión las rutinas de Kiko y las nuestras. Al margen de compartir habitación poco más podía unirnos. Kiko se levantaba a las siete de la mañana, y despues de una ducha de agua muy fria salia a correr con el estómago aún vacío. Regresaba a la 513 a eso de las 7:45 y volvía a ducharse por segunda vez. Bajaba a desayunar y tras una pausa muy breve reclutaba fuerzas para: nadar, practicar algunos ejercicios en la sala de musculación o bien unirse a un grupo de corredores para entrenar de nuevo . Era lo que en el argót del corredor popular podría denominarse como: el corredor que siempre corre. Cuando duerme: sus sueños están plagados de gestas atleticas imposibles,cuando come: su dieta gira en torno a la ingesta periodica y controlada de carbohidratos, cuando descansa: lo hace a sabiendas de que es la mejor receta para volver a competir en plenas condiciones, cuando viaja: busca en la escapada la escusa perfecta para disputar una prueba, cuando compra: elige con mimo milimétrico el material que le ha de conducir al éxito deportivo, Cuando escribe su blog refleja con humana simplicidad el sentir de un popular total. Sus domingos se cuentan por carreras, sus días se traducen en kilómetros, sus rutunas son las rutinas de un corredor que siempre corre.
Mi sobrino y yo dejamos a Kiko corriendo y montamos en el bus camino del Museo Metropolitano. Sobre el papel, dedicar practicamente un día a visitar un museo en una ciudad como Nueva York puede resultar descabellado para el sentir del vulgo, pero valorando la elección con perspectiva la idea de Alex resultó todo un acierto. En taquilla pudimos constatar de primera mano que la fina ironía no constituye el plato estrella en el manual de estilo del Neoyorkino medio. Previo a la visita, como prefacio a un intenso menú aliñado de Rembrandt, Vermeer y muchos otros, planteamos con el chico de la taquilla un diálogo plagado de choque cultural y surrealismo extremo . Visitantes previos nos habían aconsejado preguntar si la entrada en el museo era gratuita, ya que todos los viernes en alguno de los museos de la ciudad el acceso resulta libre. Ante la ingenua pregunta:-¿es gratis? el zagal mal humorado, con un aire de James Dime en franca decadencia dijo:-el precio es de 20 dólares, !os parece caro!. .-no no is O.k.- Fue nuestra torpe respuesta.
Al abandonar “the Met” dimos una nueva oportunidad al talante del neoyorkino de a pie. Frente a la puerta de salida un vendedor ambulante mostraba sus productos, presuntamente de calidad, a precios de bazar chino. De la parte superior del carrito colgaban unas pashminas que llamaron mi atención. Señalé una de color verde, y el comerciante me la acercó indicando su precio:-five dólar please. Saqué un billete de cincuenta y lo deposité sobre su callosa palma. Esté, en cuestión de centésimas, alzó el billete verde al cielo sujetandolo por ambas manos. Fijó la vista en el busto de Ulysses S. Grant y asintiendo convencido depositó 45 dólares en la palma de mi mano izquierda. Tomé uno de esos billetes, lo así con las dos manos, y lo elevé con firmeza al cielo de Nueva York. Desde arriba Andrew Jackson parecía sonreir guiñandome un ojo. Bajé los 20 dólares, miré fijamente al vendedor, le pasé la seña de treinta y una y acaricié su carnosa nuca al tiempo que sonreí amablemente. Puede que con el tiempo el Alzheimer haga mella en mi desgastado cerebro, pero a buen seguro, ni el tiempo ni los años, me harán olvidar la cara de agónico desconcierto de aquel vendedor de pashminas.
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N.Y. La fuga de epsilon
1. Marzo 2010 por Josep Juis.
Cuando uno corre para sí, compite contra su ego, cuando uno corre para un grupo trata de ir más allá.
Quince días despues de correr el marathon más celebre de cuantos existen llega el momento de hacer balance. Nunca me había enfrentado a un reto de tal calibre y todo cuanto en Nueva York aconteció superó con creces la más ambiciosa de las espectativas.
La ciudad te atrapa desde el principio, te seduce, te arrastra, te implica en una dinámica de la que ni quieres ni puedes escapar, sin tregua, sin medias tintas. Tienes la sensación de estar girando en una de esas norias en las que se ejercitan los roedores enjaulados, pero no quieres parar, no puedes parar, demasado que hacer en tan poco tiempo. Sus avenidad, sus gentes, su comida, su ritmo, eres el protagonista de una película que deseas nunca acabe. Todo lo que esperas está ahí, sorprendiendote con embriagadora frescura, con delicada violencia. Caminas, caminas, caminas: - aún queda mucho por ver, ya descansaré a mi regreso!.
Cuando un mediocre mortal como el que transcribe con infantil torpeza lo que vive, ha acumulado tal abalancha de variadas sensaciones en un espacio temporal tan reducido, arrastrando en el corazón sentimientos de los que llegan para quedarse, se siente huerfano de calificativos a pesar de lo enrebesado de su decir. Fuerzo mi desequilibrada capacidad de síntesis para aunar en esencia en sentir de todos y concluir que de todo lo allí sucedido algo tengo muy claro: quien de verdad se sienta corredor, debe sin escusa admisible correr almenos una vez en la vida esta carrera.
Ya la semana previa a partir, de una forma que no alcanzo a describir, la ilusión por emprender el viaje hacía que en nuestro subconsciente ya estuviesemos de algún modo viajando a N.Y.. No había familiar, amigo o conocido en 100 kilómetros a la redonda que no supiese de nuestro proyecto, fechas e intenciones. El 27 de Octubre de 2009 el grueso del grupo partió en el ferrocarril con destino a Madrid, lugar de Cena y fonda paso previo a tomar el avión a la mañana siguiente. La noche en Madrid estuvo marcada por un sentimiento de libertad y por la goleada que el Alcorcón, equipo de la segunda división B del futbol español le propinó sin remilgos al todo poderoso Real Madrid de los Galácticos. Es curioso lo feliz que nos hace, con independencia de los intereses que defendamos, que lo imposible se convierta en realidad, y aquel cuatro a cero nos hizo ciertamente muy felices.
A la mañana siguiente: ducha rápida,Check out sin remilgos y tranvia hasta el aeropuerto de barajas terminal cuatro. Desayuno de los campeones, paseo impreciso sin destino prefijado y por fin vuelo runbo al JFK.
A la llegada al aeropuerto Jhon Figueral Kennedy los más de 200 pasajeros del Boeing formamos una desordenada cola (demasiado latino en el avión como para que fuese de otra forma) frente a los mostradores de recepción de la policía de aduanas; cerca de quince puestos de control donde los policías ejercían con esmero su condición de sabuesos. Preguntas estandar, toma de huellas digitalizada, fotografía, pesquisas en bases de datos cruzadas, cualquier indicio que les permitiese interceptar al nuevo Osama Bin Laden. Frente al fulano que me interrogó con aparente desden, se encontraba el cuestinario que minutos antes había completado con el mimo con el que un padre primerizo toma en brazos por primera a su primojénito. El agente, segundos despues de dudar de mi respuesta: -The first time, tachó el custionario e introduciendolo junto al pasaporte en una sucia carpeta transparente me pidió que lo acompañase, sin esforzarse en demasía por entablar una amistad duradera. Pasé a una habitación adjunta donde las esplicaciones no debían ser tardeja de presentación y las pistolas parecían ganar protagonismo a las rosas.
En el mundo del maratoniano la baselina siempre ha tenido un significado especial. Objeto de imnumerables bromas se reparte con esmero en pezones, axilas y demás zonas de frición minutos antes de iniciar los 42.195 metros. Sentado frente a un policia de rasgos asiaticos y mirada esquiva, empeñado en encontrar mi nombre entre la nómina de terroristas más buscados, de una forma espontania y bien intencionada vino a mi la imagen de un enorme bote de vaselina sin abrir. -sólo espero que no la necesiten, me dió por farfullar. En una ocasión vi una película porno en la que se gestaba una situación similar, lamentablemente para el protagonista las presuntas felatrices resultaban ser unos tranxesuales uniformados que ejercían su autoridad mucho más allá del convencional cumplimiento de su deber como agentes del orden. Unos quince minutos despues de acceder a la sala de las especulaciones el nipón vocacional me devolvió el pasaporte sin amago de entonar el mea culpa. Abandoné la habitación raudo y ya fuera de ella me integré sonriente al resto del grupo. Tras algunas bromas poco elaboradas nos repartimos en dos hammer con destino al hotel.
El hotel la Quinta tenía todo lo que un deportista en periodo de concentración puede desear: piscina cubierta, gimnasio adjunto, zonas por la que rodar sin demasiados problemas de tráfico, conexión a internet, amplias habitaciones, un completo desayuno bufet, incluso una máquina de hacer hielo a la que terminé peregrinando todas las noches; Un hotel económico pero muy completo. La mayoría de los trabajadores platicaban el espanglish con total naturalidad lo que eliminaba cualquier sentimiento de temor a la hora de buscar información. Nos agrupamos en el restaurante del hotel a eso de las nueve de la noche hora local, las tres de la mañana en España, para degustar nuestra primera cena en Nueva Yersay. Frente a mi la silla quedó vacía, a su derecha Maria Jesus, y a la derecha de esta Felix su marido. Frente a Felix Lourdes, a su izquierda Alex, mi sobrido, y a la izquierda de este yo. El fondo de la mesa lo ocupaban unas chicas de salvatierra cuyos nombres no recuerdo. A pesar de estar agotados como consecuencia del largo trayecto recorrido la cena se desarroyo en un hambiente extraordinario, todos parecíamos ser conscientes de que tras este día, llegarían grandes experiencias para el recuerdo.
En la vida de las personas, con independencia de su identidad cinematográfica o mayor o menor apego al septimo arte, siempre hay una serie de películas que forman parte de su cineteca vital. En una época en la que devoraba alrededor de dos films al día, y a pesar de mis diéz años recién cumplidos tuve la oportunida e inmenso placer de ver en la UHF de televisión española night of the living dead, la noche de los muertos vivientes, una película seminal en la que los muertos regresan a la vida atacando a los vivos para alimentarse de su carne. El desayuno del hotel a la mañana siguiente resultó ser lo mas parecido a este clásico de terror de 1968. El Yack Lack se presentó sin piedad y muchos de los que formaban el grupo de los 44 magnificos recreaban con increible semejanza el deambular erratico de los zombis de la película de George A. Romero. Mi sobrino y yo, que compartíamos habitación con kiko: lo más parecido a Chema Martinez que el mundo del popular puede ofrecer, nos presentamos como alternativa a la regla, brindando una apariencia vital y alejada de la mayoría.
Dedicamos el desayuno a reponer nutrientes y teorizar sobre el mundo de la carrera a pie, estableciendo una disyuntiva de imposible consenso:- ¿ que es más difícil para un corredor popular que completa un 10.000 entre 39 y 41 minutos y una media entre 1.25 y 1.30, correr un maratón por debajo de tres horas o un mil por debajo de tres minutos?. Lo dicho, imposible consenso. Cuando pienso que los grandes atletas de élite finalizan el maratón alrededor de 2:06 y que muchos de esos 42 kilómetros los hacen por debajo de 3 el mil fantaseo imaginando lo lejos que estamos de nuestros límites.
La lógica se imposo con aplastante rotundidaz, y el grupo de 44 se fragmentó en pequeñas unidades prestas al asalto de N.Y. Mi sobrino Alex, Louder y yo tomamos el Bus apostado frente el hotel (salía con una frecuencia de 10 minutos de lunes a viernes y de 15 los fines de semana) y bajamos 20 minutos despues en Port Authority bus terminal, entre la 41 y la 42, junto a la octava.
empre que alguien adquiere una experiencia vital como la que supone correr su primer maratón, y hacerlo en Nueva York, se imbuye de un sentimiento de plenitud que alcanza carácter de misticismo personal. Te sientes como un anacoreta, un ermitaño, un soñador que ha alcanzado el objetivo de los objetivos. Con el tiempo, esto que sentías como tuyo, como algo tan personal como para no compartirlo, se transforma en tu seña de identidad. Pasas de lo privado a lo público con la misma facilidad con la que lo hacen todos aquellos que monopolizan las revistas que nunca debieron ser escritas. Ya no te pertenece, ya no es tuyo, pero te da igual. Lo compartes, lo cuentas, lo veneras en público, y a cada duda transmitida surge una respuesta orgullosa, casi altanera. Desde que llegué de N.Y., hace ya un par de meses, son muchas las personas que me han abordado en cualquier ámbito, en cualquier situación, para interrogarme acerca de la carrera. Su deseo por saber no responde a una necesidad real de obtener datos, de gestionar información, sienten la necesidad de recrear, de sonar, de imaginar a través de tus palabras como es eso que dicen es el maratón de los maratones. A la pregunta capciosa de si correría algún día algún maratón mi respuesta resultaba taxativa: -Nunca. No haber sido una vez más fiel a mi mismo me hace enormemente feliz.
El día era fresco pero agradable, casi a la carta. Abandonamos Port Authority bus terminal y comenzamos a caminar sin rumbo aparente hasta Times Square, en la esquina de Broadway y la Séptima avenida. Times Square es uno de esos lugares que ha perdido su condición de emplazamiento para convertirse en símbolo de la ciudad e icono mundial. La publicidad luminosa lo envuelve todo, lo atrapa, lo modela, lo transforma, tienes la sensación de vivir en un spot permanente, en una dimensión distinta pero al tiempo terrenal. Nuestro deambular errático tan sólo se veía alterado por la necesidad iconoclasta de plasmar el momento en una fotografía en vertical o la compulsión prefabricada, marcada a fuego por la sociedad de consumo, de paliar nuestro denostado espíritu consumista con baratijas a modo de oportunidad. Todo lo que puedas comprar es digno trofeo para alguien que vive por y para adquirirlo, es el sino fatalista de una victima de la moda orgullosa de serlo.
La quinta avenida, una de las calles más famosas del mundo, se caracteriza por el flujo continuo de viandantes con independencia de la hora del día o de la noche en la que la transites. Tifanis, zara, diesel, tomi gilfiguer, hugo boss, cualquier marca que se precie debe estar representada en ella. La recorremos con el espíritu de quien afronta como nuevo algo que siente como cotidiano. Paseamos con lentitud, sin prisa aparente, sin referencia horaria, como queriendo exprimir al máximo cada instante, capturando el momento fotograma a fotograma. Nos detenemos en los detalles más absurdos, recreandonos en los tópicos con la imnegable candidez de un niño. -Dios, que grande es esta ciudad, y aún queda tanto por ver.
Quedamos con Maria Jesús, y su marido Félix junto al Madison Square Garden, en la esquina de la treinta y uno con la octava. Maria Jesús pertenece a eso grupo de corredoras que con independencia del ambito en el que se encuentre siempre te la imaginas corriendo. Su forma de rodar la define, la delata, la expone, forja su identidad, su carácter,el carácter de una auténtica indomable. Siempre he pensado que en el mundo del popular existen cuatro tipos de atletas: los primeros serían los que han corrido desde pequeños. Empezaron a practicar atletismo siendo niños y nunca han sentido la necesidad de abandonarlo. El segundo grupo aunaría a todos aquellos que nunca afrontaron por vocación si no por imperativo escolar o familiar algún deporte, y el tiempo y el saber que los años aporta les ha permitido ver la luz al final de un túnel aparentemente infinito. Se afanan sin descanso por mejorar con la única recompensa de sentirse mejor día a día. Los terceros practicaron atletismo, lo amaron, lo veneraron, lo idolatraron hasta el extremo de llegar a odiarlo, y ahora, tiempo a, vuelven a sentirlo como suyo. El cuarto grupo, tal vez el más amplio, reune a todos los que viniendo de otros deportes: natación, balonmano, futbol,ciclismo,tenis…terminamos atrapados por la simplicidad de lo esencial: la carrera a pie. Todos sentimos esa mezcla entre nerviosimo y orgullo cada vez que fijamos el dorsal en nuestro pecho, todos miccionamos varias veces minutos antes de tomar la salida, todos sonreimos, pese al esfuerzo, al cruzar la linea de meta, todos escusamos nuestras modestas actuaciones y disfrutamos como niños con las brillantes, todos somos de esa pasta especial, esa pasta que no se compra, que no se vende pero forja carácter,por que como bien postula el maestro Fiz, correr no es una moda, es una forma de vida.
Cerca de las dos, y como antesala de la visita a la feria del corredor, reponemos fuerzas en un self service escogido al azar. Tomamos al abordaje una de las mesas situadas al fondo sin importarnos la inesperada presencia de compañeros sin nombre, -supongo que todo vale en esta ciudad, o al menos así lo entendemos nosotros. Pululo titubeante entre las gavetas de comida como quien busca el maná en tierra prometida: demasiada grasas, demasiado soso, demasiado desconocido, que difícil se torna elegir cuando lo que te gusta no es lo que te conviene.Cargamos las bandejas con: frutas de temporada, ensaladas, patatas, bocadillos, todo aquello que llene nuestro estómago sin vaciar la cartera en demasía. A mi derecha Alex, vestido con ese aire informal que tan bien define a los veinteañeros, inicia un arduo debate del que pronto todos nos sentimos partícipes. Su reflexión, entre lo político y lo metafísico consigue captar en segundos la acalorada participación de todos los contertulios, como en cortes, lanza la afirmación, espoleta hiriente del affair dialéctico: - Os habeis fijado que la coca cola en Estados Unidos sabe muy diferente a la que tomamos en Europa.
Cuando empecé a correr de forma regular, iniciada ya mi época universitaria, tomé la rutina junto a un grupo de buenos amigos de salir a correr todos los martes y jueves a partir de las 19 horas. Los entrenamientos, más que un método pautado para permitirnos alcanzar un objetivo coherente se convertían en una lucha de gallos desbocados que acababa, no en pocas ocasiones, con alguno de los chiflados oponentes tratando de encontrar uno de sus reventados pulmones entre el llamativo verdor del jardín que da forma a la amplia entrada de la ciudad de Vitoria-Gasteiz. Entre todos nosotros destacaba Milla, un espigado corredor nacido sin duda para esto de dar zancadas. Su inexistente intelecto provocaba mofas continuas entre aquellos que no lo conocían, teniendo que soportar a diario crueles improperios que en muchas ocasiones no alcanzaba a comprender. Llevabamos corriendo ya varios meses, pero siempre, sin excepción alguna, fuese martes o jueves, Milla iteraba su interpelación huerfano de información:- buen entreno, ¿mañana a que hora quedamos?.
Uno de los términos que con más frecuencia repiten los locutores radiofónicos de las distintas emisoras locales es la palabra justicia. Vinculan este calificativo al deporte en general sin asumir con coherencia lo alejado que su criterio está de lo real. En la formula 1 el coche marca las diferencias, en los deportes de equipo dependes de la generosidad de tus compañeros, uno no se convierte en el clon de Rafa Nadal sin contar con los prestados millones de papá acaudalado, del golf ni hablamos. En el atletismo un pistolero bien intencionado presiona alegremente el gatillo y un grupo de iguales correr sin descanso hasta sesgar la cinta de meta. Abebe Bikila ganó una medalla de oro olimpica corriendo descalzo, los atletas del submundo copan el podium de todas las pruebas, ¿donde está realmente la grandeza del deporte?.
La feria del corredor, patrocinada por ASICS, estaba plagada de iguales: Miles de populares que vivían el sueño del maraton de Nueva York por primera vez o lo reeditaban con la ilusión del primer día. 42195.es nos había convocado a las 18:00 para la foto de grupo. Victor, el patriarca, con el dorsal: 3261, Beto, poesía en movimiento, dorsal:4515, Kiko, el infiltrado, dorsal:6145, Javier, the running machine, dorsal: 2237, Sevi, the rookie, dorsal:48526, Iñaki, the hiker, dorsal:43737, Inaxio, the cameraman, dorsal: 3000, Lourdes, infatigable al desaliento, dorsal: 8315, Roberto, the gentleman, dorsal 7316, Fernando, el globero, dorsal:4000, Michel, el campeón de los desayunos, dorsal: 4221, Iago, the big man, dorsal, 47503, María Jesús, the big woman, dorsal: 19261, Josep Juis, the writer, dorsal: 3111. Milla, pese a sus limitaciones se habría sentido un igual entre nosotros.
En la feria del corredor pudimos dar rienda suelta, una vez más, a nuestro desaforado instinto de consumo. Abandonada la zona habilitada para la recogida de los dorsales entramos en la parte comercial, monopolizada en origen por Alma Sana In Corpore Sano (ASICS). Serpenteando entre prendas conmemorativas me dije:- que suerte tenemos de estar aquí. Es curioso como la suerte, un concepto que en apariencia debiese aunar consenso, puede generar cierta polémica. En una ocasión un labriego tenía trabajando a su hijo mayor en la huerta cuando este accidentalmente se fracturó la tibia. Todos los habitantes del pueblo se acercaron al campesino para indicarle: -tu hijo se ha roto la pierna, que mala suerte has tenido. El agricultor les contestó:-bueno, ya veremos si es mala suerte o no. A los pocos días el país entró en guerra y todos los jovenes de la villa se vieron obligados a comparecer a filas, todos escepto el hijo del campesino, quien no pudo acudir a causa de su pierna rota. En una cruenta emboscada los zagales murieron asesinados.
Cuando 18 días antes de disputar el maraton de Nueva York el agudo dolor en el tibial anterior y la contundente estadistica planteada por el traumatologo:-¡debes parar ya, ni un entreno más antes de la prueba, tienes un 10% de posibilidades de acabarla!- me hicieron sentirme el corredor más infeliz de la tierra, nunca pensé que a tres días de plantarme en inmejorable compañía en el puente Verrazano pudiese disfrutar de un sentimiento de plenitud tan acentuado. Los temores, la inseguridad, los nervios previos al debut en el escenario perfecto, el reto frente a mi primer maratón, nada alteraba el estado de felicidad permanente, casi estúpida, en el que me hallaba. Probablemente el no saberme competitivo amputó de mi subconsciente la presión que nos bloquea hasta el punto de idiotizarnos, de transformarnos en seres obsesivos, casi enfermizos. Debo descansar, debo estirar, debo alimentarme adecuadamente, debo salir a rodar, debo caminar con el calzado perfecto, debo dormir lo suficiente, debo hidratarme, -¡eso es!, debo hidratarme adecuadamente, -esta noche saldré a tomar unas copas. Dediqué el resto de la tarde a imitar con mimetismo extremo el actuar incisivo de los testigos de Jehová, esos cazadores de almas que lejos de padecer pudor abordan a despistados viandantes en busca de su aprobación. A eso de las nueve de la noche, Alex y yo montamos en un taxi camino de meat paking district.
Estaba trabajando duro con la ambiciosa intención de mejorar mi marca en media maratón, sacrificando ocio, sueño y familia cuando el pasar de los días me hacia sentir cada vez peor. Afrontaba la series con enorme determinación, consciente de su capital importancia ante el reto propuesto, y la respuesta de mi organismo era peor día a día. Al segundo ochocientos ya estaba pidiendo la hora. Adopté una actitud reflexiva sabedor como soy de la relevancia de la mente en el rendimiento deportivo y concluí, no sin mucho meditar, que si alcanzaba el objetivo tanto sacrificio estaría ampliamente recompensado, y de no ser así, tanto sacrificio me acercaría un poco más a mi próximo objetivo.
El taxista detuvo el vehículo frente a uno de los restaurantes de meat paking district. El local presentaba una estética muy alejada de lo que es un restaurante al uso. Dos enormes barras, una frente a la entrada y la otra, perpendicular a la primera, al fondo del local, hacían presagiar que tras la cena llegarían las copas. Sorpendentemente el restaurante estaba prácticamente vacío, tal vez era demasiado tarde para el estómago de un neoyorkino. Nos sentamos en una mesa situada al pie de un enorme ventanal sin cortinas. Las paredes estaban formadas por pequeños ladrillos enlazados por cemento a la vista. junto a las dos barras, destinadas a la decoración, como queriendo recrear la estética de una tienda, dos enormes percheros sobre soportes moviles acumulaban prendas de vestir a modo de atrezo. Me senté junto a la ventana, Alex, frente a mi, escrutaba la carta como queriendo vencer su tendencia natural, casi enfermiza, tomandose su tiempo, valorando posibilidades-pero hag! Conato baldío, volvería a comer hamburguesa una vez más. Yo me decanté por una hamburguesa de salmón con mucho, mucho guacamole acompañada por una heineken. Impacté mi cerveza aún en la botella contra la de Alex y brindé, pleno de satisfacción, por la grandeza de ese momento.
Ya cenados pululamos sin prisa manzana tras manzana en busca del garito perfecto. En una de las calles, a modo de callejón se alinearon relucientes limusinas de las que bajaban en tropel hermosas adolescentes. Tras el ventanal del edificio pudimos ver con suma claridad la frenética actividad lúdica de las “princesas” que habían llegado ya, rodeadas de una cohorte de donjuanes neoyorkinos seguros de dar uso cierto a la goma que portaban en su bolsillo: ¡nada más gratificante que una erección correspondida!. Aparcada la indecisión nos adentramos en un local a cuyo interior se accedía descendiendo catorce escalones. El sótano contaba con una estética muy cuidada, albergando en uno de sus laterales estancias seudopribadas que recreaban con gran realismo la imagen de una biblioteca victoriana. Nos acercamos hasta la barra, en ella una nipona cuasi impúber mostraba su poco abrigaro trasero en pompa mientras su “partenaire”, caracterizada con: una peluca rubia, corpiño atezado, Short rosa y botas de cuero negro por encima de la rodilla animaba la ya de por si prolija imaginación masculina blandiendo una regla de madera de unos 40 centímetros en la que en uno de sus laterales podía verse, no sin esfuerzo, la leyenda: the pleasure chest,- Oh My Good, ¡había nacido la leyenda de la fustigadora!.
Varios locales despues abordamos un taxi para volver al hotel y dormir unas horas antes de afrontar una nueva e intensa jornada. Mamadou pregunta por nuestro destino, deseoso de calcular el importe del traslado. En pocos segundos se establece una enconada discusión por fijar el precio exacto del trayecto. El diálogo se reproduce en voz alta, Mamadou insiste en que el traslado cuesta exactamente 58 dólares, mientras nosotros mentimos con vehemencia afirmando que este mismo desplazamiento ya lo habíamos realizado con anterioridad por 48. El tira y afloja no cesa, y el tono de la conversación se crispa por momentos. Saco a relucir mi talante pragmático y aferrado a las pocas energías que me quedan convierto mentalmente 10 dólares en Euros , algo menos de siete, y al alimón los divido entre tres. Estamos en Nueva York, dentro de un taxi, conducido por un malí que a buen seguro se perderá, a las tantas de la mañana, con la necesidad casi vital de dar con nuestros huesos en la cama y ¿discutimos acaloradamente por poco más de dos euros por pasajero?:¡madre de Dios!. Expreso mi opinión en español dirigiendo mi mensaje en alto, el avispado taxista lo capta al vuelo y la negociación concluye: Iremos a Nueva Yersey por 58 dólares más propina.
A la vuelta quedamos atrapados en un monumental atasco en el Lincont tunnel, tunel que une bajo el agua Manhatan con New Yersey. El vehículo se desplaza unos pocos metros para detenerse nuevamente durante minutos. La fatiga hace que Alex exprese su frustración en alto. Ante una situación en la que nada puedo hacer, y de rezar no soy, fijo la mirada en un pequeño objeto concentrando mi mente tan sólo en él. Dedico unos minutos a diseccionar la tarjeta de transporte del taxi de Mamadou, pero pronto me canso de ella. Sustituyo ese rectángulo inerte de fondo azul y letras negras por la evocación de un pensamiento positivo. A menudo, cuando mi moral flaquea, bien en en deporte, bien en otros ámbitos, cierro los ojos y recuerdo un pasaje de mi vida en el que he sido plenamente felíz. Es muy simple, pero como casi todo lo simple funciona. Repito varias veces mentalmente tres mil ciento once, tres mil ciento once y el recuerdo del número májico, del dorsal que portaré en el pecho en un par de días hace que sonria orgulloso. Cuando me enfrenté a mi primera media, el desconocimiento del reto a superar hizo que la preparación para la prueba fuese claramente erronea. Adquirí una velocidad aceptable pero mi resistencia dejaba mucho que desear. Los primeros kilómetros transcurrieron por unos derroteros prometedores, pero agotada la gasolina el señor del mazo se presentó con toda su crudeza allá por el quince. Tenía ganas de vomitar, los tobillos y la espalda me dolian como si algún hooligans desaprensivo me hubiese propinado una brutal paliza, el oxígeno no llegaba a los pulmones y el corazón latía a una velocidad incontrolable. El cerebro transmitió un mensaje inequivoco:-no vas terminar, retirate. En ese preciso instante, plagado de dolor y dudas, comencé a pensar en la primera vez que hice el amor, a recrearlo, a evocarlo, a palalearlo, y el discurso sorprendentemente cambió. Cuando ya me preparaba para el tercero atisbé a lo lejos el kilometro 21, iba a terminar mi primera media, luego llegarían muchas más. A fecha de hoy nunca me he retirado en una carrera popular, y esa actitud luchadora e inconformista es la que aspiro a tener frente a la vida. El taxi se detubo junto al hotel La Quinta, En Secaucus, fin de trayecto, son 58 dolares más propina.
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