Ha accedido a los 42195.es archivos del weblog del día 30. Marzo 2010.
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- LOS INICIOS (45)
- 25. Marzo 2012: El imperio de la cola. NO.
- 13. Marzo 2012: Correr por correr
- 17. Diciembre 2011: Entrenamientos para el maratón semana 14.
- 24. Octubre 2011: Entrenamientos para el maratón semana 13: Escucha tu cuerpo.
- 27. Julio 2011: El maraton segun liza. La voz de la experiencia.
- 18. Julio 2011: Entrenamientos para el maraton mas semana 12, en manos de los mejores.
- 9. Junio 2011: Entrenamientos para el maraton semana 12. Seguir a pesar de las dificultades.
- 18. Mayo 2011: Entrenamientos para el maratón semana 11, demasiado rápido para llegar lejos:
- 2. Mayo 2011: Entrenamientos para el marathon: Javier.
- 11. Abril 2011: Entrenamientos para el maraton semana 10: de la mano de los mejores
Archivo para 30. Marzo 2010
N.Y. día 3, lineas paralelas:
30. Marzo 2010 por Josep Juis.
Dice la matemática, ciencia inexacta donde las haya, que la linea recta es la distancia más corta entre dos puntos, y que dos lineas paralelas terminarán a buen seguro encontrándose en el infinito, y precisamente alli, en el infinito, es donde tenían su punto de reunión las rutinas de Kiko y las nuestras. Al margen de compartir habitación poco más podía unirnos. Kiko se levantaba a las siete de la mañana, y despues de una ducha de agua muy fria salia a correr con el estómago aún vacío. Regresaba a la 513 a eso de las 7:45 y volvía a ducharse por segunda vez. Bajaba a desayunar y tras una pausa muy breve reclutaba fuerzas para: nadar, practicar algunos ejercicios en la sala de musculación o bien unirse a un grupo de corredores para entrenar de nuevo . Era lo que en el argót del corredor popular podría denominarse como: el corredor que siempre corre. Cuando duerme: sus sueños están plagados de gestas atleticas imposibles,cuando come: su dieta gira en torno a la ingesta periodica y controlada de carbohidratos, cuando descansa: lo hace a sabiendas de que es la mejor receta para volver a competir en plenas condiciones, cuando viaja: busca en la escapada la escusa perfecta para disputar una prueba, cuando compra: elige con mimo milimétrico el material que le ha de conducir al éxito deportivo, Cuando escribe su blog refleja con humana simplicidad el sentir de un popular total. Sus domingos se cuentan por carreras, sus días se traducen en kilómetros, sus rutunas son las rutinas de un corredor que siempre corre.
Mi sobrino y yo dejamos a Kiko corriendo y montamos en el bus camino del Museo Metropolitano. Sobre el papel, dedicar practicamente un día a visitar un museo en una ciudad como Nueva York puede resultar descabellado para el sentir del vulgo, pero valorando la elección con perspectiva la idea de Alex resultó todo un acierto. En taquilla pudimos constatar de primera mano que la fina ironía no constituye el plato estrella en el manual de estilo del Neoyorkino medio. Previo a la visita, como prefacio a un intenso menú aliñado de Rembrandt, Vermeer y muchos otros, planteamos con el chico de la taquilla un diálogo plagado de choque cultural y surrealismo extremo . Visitantes previos nos habían aconsejado preguntar si la entrada en el museo era gratuita, ya que todos los viernes en alguno de los museos de la ciudad el acceso resulta libre. Ante la ingenua pregunta:-¿es gratis? el zagal mal humorado, con un aire de James Dime en franca decadencia dijo:-el precio es de 20 dólares, !os parece caro!. .-no no is O.k.- Fue nuestra torpe respuesta.
Al abandonar “the Met” dimos una nueva oportunidad al talante del neoyorkino de a pie. Frente a la puerta de salida un vendedor ambulante mostraba sus productos, presuntamente de calidad, a precios de bazar chino. De la parte superior del carrito colgaban unas pashminas que llamaron mi atención. Señalé una de color verde, y el comerciante me la acercó indicando su precio:-five dólar please. Saqué un billete de cincuenta y lo deposité sobre su callosa palma. Esté, en cuestión de centésimas, alzó el billete verde al cielo sujetandolo por ambas manos. Fijó la vista en el busto de Ulysses S. Grant y asintiendo convencido depositó 45 dólares en la palma de mi mano izquierda. Tomé uno de esos billetes, lo así con las dos manos, y lo elevé con firmeza al cielo de Nueva York. Desde arriba Andrew Jackson parecía sonreir guiñandome un ojo. Bajé los 20 dólares, miré fijamente al vendedor, le pasé la seña de treinta y una y acaricié su carnosa nuca al tiempo que sonreí amablemente. Puede que con el tiempo el Alzheimer haga mella en mi desgastado cerebro, pero a buen seguro, ni el tiempo ni los años, me harán olvidar la cara de agónico desconcierto de aquel vendedor de pashminas.
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