Archivo para 23. Febrero 2011

Entrenamientos para el maraton semana 5, en el reino de los mazas.

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Regresé de la breve semana de vacaciones con la sensación de haber perdido en los entrenamientos más de lo ganado. Deshidratado, con gesto cariacontecido y la confianza inmersa en un efímero atisbo de duda tan molesto para el atleta como la minúscula china que trepa por el talón de la zapatilla  y termina alojándose a cada zancada en la base del pie de apoyo. Al menos La fuerza en estático, protagonista estelar del periodo preparatorio general no me había dado la espalda, y su manifiesta progresión reclamaba una nueva vuelta de tuerca so pena de verse atrapada en el estancamiento. Bajo estas premisas me dirigí a una gran superficie comercial para adquirir una barra metálica larga y los discos que encajasen en ella. Las rutinas de fuerza iniciales, al mes ya superadas, se verían ahora acompañadas de la penosa experiencia de asociar peso al movimiento. 25 sentadillas consecutivas ya no eran nada, si las comparábamos con idéntico número y 22 kg a la espalda. Pulule errático entre estanterías durante minutos sin tener muy claro hacia donde dirigirme. Los nuevos hábitos de consumo han transformado radicalmente la forma que tenemos de interactuar en las tiendas, y la relación, lejos de establecerse con el dependiente se entabla directamente con el producto. Bicicletas, zapatillas de deporte, kimonos, micropatines, palos de golf, balones de balón cesto, recorrí la tienda 10 veces antes de preguntar. Por fin llegué al maná de los mazas, aquellos que entre alzada y alzada ahogan sus penas en batidos de proteínas sospechosamente aderezados. Rodeado de mancuernas me sentía tan desubicado como lo pueda estar Romário da Souza Faria encabezando vestido de cuero y grana  la  carroza protagonista en el día del orgullo gay. Minutos después, protagonizando un recital de indecisión y titubeos vencí mi absurda vergüenza inicial y, sujetando la barra con la mano izquierda y los discos con la derecha me encaminé, sorteando estanterías y curiosos, hacia las cajas registradoras. Tuve que detenerme en varias ocasiones antes de plantarme frente a la caja dos. Izaskun, cajera de opulencia infinita sonrió desconcertada antes de pedirme que depositase los artículos sobre la cinta transportadora. La longitud y  peso de la barra convirtió la operación en una sucesión de despropósitos involuntarios. La cajera hubiese tardado menos en quitarse un traje de buzo de la talla XS de lo que le costó deshacerse de mi incómoda presencia. Al menos no trató de introducir el equipo dentro de esas absurdas bolsas de plástico forradas de publicidad que tan generosamente contribuyen a incrementar la contaminada imagen de este planeta. Ya en el aparcamiento exterior, frente al vehículo, surgió la pregunta clave: -¿pero como narices meto yo esto ahora en el coche?.

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